COMPRENSION LECTORA: CUENTO DOS CAPITULO 1, 2 y 3

 

Capítulo 1: Una pequeña injusticia

La mañana había comenzado como cualquier otra en el salón de cuarto y quinto.

El profesor Guapofortachón estaba frente al tablero explicando un ejercicio de matemáticas. Como de costumbre, hablaba mientras caminaba de un lado a otro, moviendo las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta.

—A ver, muchachos —dijo, señalando el tablero—. Si en una finca hay veinticuatro gallinas y el dueño decide repartirlas en grupos iguales...

Víctor levantó la mano.

—¡Yo sé, profesor!

—Muy bien, Víctor. Adelante.

Víctor se puso de pie y comenzó a explicar.

—Si hay veinticuatro gallinas y...

Jose, que estaba sentado detrás de él, se inclinó un poco y le susurró:

—Siete.

Víctor se quedó pensando.

—¿Siete?

—Sí, siete —respondió Jose con absoluta seguridad.

Víctor levantó la mano nuevamente.

—¡Profesor! ¡La respuesta es siete gallinas!

Durante unos segundos hubo silencio.

Después, varios compañeros comenzaron a reírse.

El profesor Guapofortachón miró el tablero, luego miró a Víctor y finalmente dirigió la mirada hacia Jose.

—Jose...

Jose puso cara de inocente.

—¿Sí, profesor?

—¿Tú le dijiste que eran siete?

Jose se encogió de hombros.

—Yo solamente estaba tratando de ayudar.

—¿Ayudar?

—Sí, profesor. Aunque parece que la gallina se nos fue por otro camino.

El salón volvió a llenarse de risas.

Hasta Víctor comenzó a reírse.

Pero el profesor no.

—Jose, quédate un momento cuando termine la clase.

Jose dejó de sonreír.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Pero, profesor...

—Sin discursos. Después hablamos.

Jose se recostó en la silla.

No le gustaba nada aquella frase.

Cuando terminó la clase, los demás estudiantes comenzaron a salir al recreo.

Andrea pasó cerca de Jose y le preguntó:

—¿Qué hiciste ahora?

—Nada.

—¿Nada?

—Exactamente. Nada.

Víctor apareció detrás de ella.

—Me dijo que eran siete.

Jose levantó las manos.

—¡Yo no obligué a nadie a creerme!

Víctor se rio.

—Pero lo dijiste con tanta seguridad que pensé que sabías.

—Ese es mi talento —respondió Jose—. Puedo decir cualquier cosa con mucha seguridad.

Andrea negó con la cabeza.

—Ese talento algún día te va a meter en problemas.

—Ya me metió —respondió Jose mirando hacia el profesor.

Andrea sonrió y salió al recreo junto con Víctor.

Jose tuvo que quedarse.

Guapofortachón se sentó frente a él.

Por primera vez en toda la mañana no tenía cara de estar enojado.

—Jose, tú eres un muchacho inteligente.

Jose no respondió.

—Tienes imaginación, eres rápido para entender muchas cosas y tienes facilidad para hacer reír a tus compañeros.

Jose levantó un poco la cabeza.

—¿Entonces no estoy castigado?

—No he terminado.

Jose volvió a bajar la cabeza.

—Lo que sucede es que a veces no sabes cuándo parar.

—Pero Víctor se estaba riendo.

—No se trata solamente de Víctor. Se trata de que cuando estamos trabajando, los demás necesitan concentrarse.

Jose guardó silencio.

—Y además —continuó el profesor—, últimamente he tenido que llamarte la atención varias veces.

Jose sintió que aquella parte no era completamente justa.

—Pero a otros también les llama la atención.

—Por supuesto.

—Entonces, ¿por qué siempre parece que soy yo?

Guapofortachón se quedó pensando unos segundos.

—Puede que algunas veces haya sido demasiado rápido para señalarte. Eso te lo puedo reconocer.

Jose lo miró sorprendido.

No esperaba que el profesor admitiera algo así.

—Pero eso tampoco significa que puedas hacer lo que quieras —añadió Guapofortachón—. Tus acciones tienen consecuencias.

Jose no respondió.

—Ahora sí puedes ir al recreo.

Jose se levantó y salió.

Pero aquellas últimas palabras se quedaron dando vueltas en su cabeza.

Tus acciones tienen consecuencias.

En el patio, Andrea, Michel y Víctor estaban hablando sobre el partido de fútbol que habían jugado el día anterior.

Sergio llegó con un balón debajo del brazo.

—¿Vamos a jugar?

—Yo sí —dijo Víctor inmediatamente.

Michel miró a Jose.

—¿Y tú? ¿No ibas a salir?

—El profesor me tuvo hablando.

Sergio se acercó.

—¿Por lo de las gallinas?

Jose lo miró.

—¿Ya todo el mundo sabe?

—Todo el salón lo sabe —respondió Víctor.

—Gracias por recordármelo.

Sergio se sentó junto a él.

—No te preocupes. El profesor no está tan bravo.

—Tú no sabes.

—Sí sé.

—¿Cómo?

—Porque cuando te habla así es porque quiere que mejores.

Jose soltó una pequeña risa.

—Sergio, tú siempre ves lo bueno en todo.

—Alguien tiene que hacerlo.

Jose le dio un pequeño golpe amistoso en el hombro.

—Eres demasiado noble.

Sergio sonrió.

—Y tú eres demasiado problemático.

—Eso también es un talento.

En ese momento apareció Sebas.

Venía de jugar fútbol y tenía la camiseta un poco sudada.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Víctor respondió inmediatamente:

—Jose hizo que yo dijera que veinticuatro gallinas eran siete.

Sebas abrió los ojos.

—¿Cómo?

—Una historia larga —dijo Jose.

—No es tan larga —intervino Michel—. Jose dijo siete. Víctor le creyó.

—¡Traidor! —exclamó Jose.

Todos rieron.

Sebas se sentó con ellos.

—Pues yo no le habría creído.

Jose lo miró.

—Porque tú siempre crees que sabes todo.

Sebas sonrió.

—No siempre.

—Casi siempre.

—Bueno, casi.

Andrea intervino:

—Dejen de discutir y vamos a jugar.

Los muchachos se levantaron.

Jose también.

Por unos minutos, todo volvió a ser normal.

Corrieron, discutieron por una jugada, se acusaron de hacer falta y terminaron riéndose.

Jose era uno de los que más hacía reír a los demás.

Nadie habría pensado que aquella misma semana comenzaría a hacer algo que terminaría poniendo a todos en problemas.

Más tarde, durante una actividad de clase, el profesor Guapofortachón escribió una pregunta en el tablero.

—Quiero que piensen antes de responder.

Los estudiantes comenzaron a trabajar.

Jose miró el ejercicio durante unos segundos.

—Profesor.

—¿Sí?

—La respuesta es treinta y seis.

El profesor revisó el procedimiento.

—Correcto.

Jose sonrió.

Guapofortachón levantó los brazos.

—¡EXCELENTE! ¡ESO ES CONOCIMIENTO EN ACCIÓN!

Varios compañeros aplaudieron.

Jose sonrió orgulloso.

Por un instante olvidó que estaba molesto con el profesor.

Pero poco después ocurrió algo extraño.

Michel encontró una hoja debajo de una mesa.

—Profesor, mire esto.

Guapofortachón tomó la hoja.

Era un dibujo suyo.

En el dibujo aparecía el profesor con una enorme capa, músculos exagerados y una expresión heroica.

Debajo alguien había escrito:

“SUPERPROFE GUAPOFORTACHÓN: DEFENSOR DE LAS TAREAS.”

El salón estalló en carcajadas.

El profesor observó el dibujo.

—Bueno... por lo menos me hicieron musculoso.

Víctor levantó la mano.

—Yo hice el dibujo.

Todos miraron a Víctor.

—¿Tú?

—Sí.

El profesor comenzó a reírse.

—Está bastante bien.

Jose miró la escena.

Había estado seguro de que, si alguien encontraba aquel dibujo, el profesor inmediatamente lo culparía a él.

Pero no lo hizo.

Eso le produjo una sensación extraña.

Quizás Guapofortachón no estaba siempre buscando castigarlo.

Quizás algunas veces Jose también exageraba.

Sin embargo, no quiso reconocerlo.

Al terminar la jornada, Sergio caminó junto a Jose durante un tramo.

—Te digo algo.

—¿Qué?

—Yo creo que el profesor sí quiere ayudarte.

Jose miró el camino.

—Puede ser.

—Entonces trata de no buscar problemas.

Jose sonrió.

—No prometo nada.

Sergio se rio.

—Eso era lo que me imaginaba.

Siguieron caminando.

Jose permaneció callado durante unos segundos.

Recordó la conversación con el profesor.

“Tus acciones tienen consecuencias.”

Recordó también que había sido señalado delante de todos.

Y aunque sabía que había provocado la situación con Víctor, seguía pensando que el profesor había sido demasiado duro con él.

Aquella sensación comenzó a crecer.

No era todavía odio.

Ni siquiera era una decisión.

Era solamente una pequeña molestia.

Una idea que apareció en su cabeza y que Jose intentó apartar.

Pero antes de llegar a casa, volvió a pensar en ella.

—Ya veremos —murmuró.

Y siguió caminando.

Sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia un problema mucho más grande.


Capítulo 2: Una idea que parecía inofensiva

Al día siguiente, Jose llegó al colegio con una idea dando vueltas en la cabeza.

No era una gran idea.

Tampoco era algo que hubiera planeado durante horas.

Era, según él, solamente una pequeña forma de demostrar que no siempre era él quien tenía la culpa.

Cuando entró al salón, encontró a Andrea organizando unos cuadernos sobre una mesa.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

Andrea lo miró unos segundos.

—¿Por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa cara.

—¿Cuál?

—La de que estás pensando alguna cosa.

Jose sonrió.

—Yo siempre pienso.

—Ese es precisamente el problema.

Jose soltó una carcajada.

Michel, que estaba sentado cerca, escuchó la conversación.

—Cuando Jose dice que está pensando, normalmente significa que alguien va a terminar metido en problemas.

—Qué mala fama me tienen —dijo Jose.

—Te la has ganado —respondió Michel.

Jose iba a contestar cuando entró el profesor Guapofortachón.

Todos ocuparon sus puestos.

La clase comenzó normalmente.

Durante la primera parte de la mañana, Jose se comportó mejor de lo habitual. No interrumpió, no hizo bromas y hasta terminó rápidamente una actividad de matemáticas.

El profesor pasó por su puesto.

—Muy bien, Jose.

Jose levantó la mirada.

—¿De verdad?

—Sí. Cuando quieres trabajar, trabajas muy bien.

Jose sonrió.

Aquello le gustó.

Pero entonces Guapofortachón llegó al puesto de otro estudiante y comenzó a revisar su cuaderno.

Jose observó cómo el profesor hacía un comentario sobre un ejercicio mal desarrollado.

Después miró su propio cuaderno.

Y volvió a pensar en lo ocurrido el día anterior.

“Siempre parece que soy yo.”

No quería seguir sintiéndose así.


Durante el recreo, Jose se reunió con Andrea, Michel, Víctor y Sergio.

Víctor hablaba emocionado sobre un gol que había marcado.

—¡Les dije que iba a meterlo por la esquina!

Michel se rio.

—La pelota salió por la esquina.

—¡Pero entró!

—Entró después de pegarle a la pared.

—Eso se llama estrategia.

Jose apenas escuchaba.

Estaba pensando.

Finalmente dijo:

—Tengo una idea.

Los demás dejaron de hablar.

—¿Qué idea? —preguntó Sergio.

Jose miró hacia el edificio donde estaba el salón.

—Quiero hacerle una pequeña broma al profesor.

Michel frunció el ceño.

—¿Qué clase de broma?

—Nada grave.

—Eso no responde mi pregunta —dijo Michel.

Jose sonrió.

—Precisamente por eso no te la voy a explicar.

Víctor se rio.

—Eso suena peligroso.

—No es peligroso.

Sergio lo miró.

—Jose, si es para vengarte por lo de ayer, mejor no.

Jose se quedó callado.

No le gustó que Sergio hubiera entendido tan rápido.

—No quiero vengarme.

—Entonces, ¿qué quieres hacer?

Jose pensó un momento.

—Quiero demostrar algo.

—¿Qué?

—Que el profesor no siempre sabe quién hizo las cosas.

Michel cruzó los brazos.

—Eso no demuestra nada.

—Ya veremos.


Al regresar al salón, Jose esperó una oportunidad.

El profesor había dejado sobre su escritorio varias hojas que utilizaría para una actividad.

Jose las observó desde lejos.

No tocó ninguna.

Todavía.

Durante la clase, Guapofortachón salió unos minutos para hablar con otro docente.

Los estudiantes continuaron trabajando.

Jose miró hacia la puerta.

Luego miró las hojas.

Una idea apareció nuevamente.

Podía hacer algo muy sencillo.

Tomó un pequeño papel que había utilizado para una operación matemática y escribió:

“Hoy no hay tareas.”

Después lo dejó sobre una esquina del escritorio del profesor.

Nada más.

No escondió nada.

No dañó nada.

Solo quería provocar una pequeña confusión.

Cuando Guapofortachón regresó, encontró el papel.

Lo levantó.

—¿Y esto?

Nadie respondió.

El profesor miró a los estudiantes.

—¿Quién escribió esto?

Jose mantuvo la mirada sobre su cuaderno.

Víctor miró a Jose.

Andrea también lo observó durante un instante.

Michel no dijo nada.

Sergio parecía incómodo.

Guapofortachón levantó nuevamente el papel.

—Bueno. Si alguien quiso hacer una broma, espero que por lo menos haya tenido una razón.

Jose sintió que le costaba trabajo no sonreír.

El profesor guardó el papel y continuó con la clase.

Eso fue todo.

Nadie fue castigado.

Nadie fue señalado.

Pero Jose sintió algo extraño.

Había funcionado.

Había conseguido hacer algo sin que el profesor supiera que había sido él.

Y eso le produjo satisfacción.


A la salida, Sergio alcanzó a Jose.

—Fuiste tú.

Jose siguió caminando.

—¿Qué?

—El papel.

—¿Qué papel?

—No te hagas.

Jose sonrió.

—¿Y qué si fui yo?

Sergio bajó la voz.

—Te dije que no lo hicieras.

—No pasó nada.

—Pero mentiste.

—No mentí.

—No dijiste la verdad.

Jose se detuvo.

—Sergio, fue una pequeña broma. Nadie salió lastimado.

Sergio no respondió.

Jose continuó:

—Además, ¿viste la cara del profesor?

Sergio terminó riéndose.

—Sí.

—¿Ves?

—Pero no significa que esté bien.

Jose lo miró.

—A veces eres demasiado serio.

—Y tú a veces no eres suficientemente serio.

Jose sonrió.

—Por eso somos amigos.

Sergio negó con la cabeza.

Aunque no estaba completamente de acuerdo con lo que Jose había hecho, tampoco quería pelear con él.

Y ahí estuvo el primer problema.

Sergio había visto lo que ocurrió.

Pero decidió guardar silencio.


Durante los días siguientes, Jose se comportó normalmente.

Eso hizo que nadie pensara demasiado en la broma.

Incluso el profesor parecía haberla olvidado.

Pero Jose no.

Para él, aquella pequeña acción había dejado una enseñanza diferente.

No la que Guapofortachón había querido darle.

Jose había descubierto que podía hacer algo a escondidas y evitar las consecuencias.

Y esa idea era peligrosa.

No porque Jose hubiera decidido convertirse en una mala persona.

Todavía no.

Sino porque comenzó a pensar que quizá podía controlar las situaciones que le parecían injustas.

Una mañana, mientras realizaban una actividad en grupos, el profesor anunció:

—Para la próxima clase voy a necesitar que todos tengan listo el trabajo.

Jose levantó la mano.

—¿Y si alguien no lo trae?

—Tendrá que responder por eso.

Jose sonrió.

—¿Siempre?

El profesor lo miró.

—Siempre que alguien sea responsable de no cumplir.

Jose bajó la mano.

No dijo nada más.

Pero comenzó a pensar.

Si el profesor decía que las acciones tenían consecuencias...

¿qué pasaría si él lograba que una acción pareciera haber sido hecha por otra persona?

La pregunta apenas apareció en su cabeza.

Y Jose la apartó.

Por ahora.


Ese mismo día, Sergio se acercó a él.

—¿Quieres que estudiemos juntos?

Jose lo miró.

—¿Para qué?

—Para la actividad de mañana.

—Yo puedo solo.

—Ya sé. Pero podemos ayudarnos.

Jose sonrió.

—Está bien.

Se sentaron juntos durante unos minutos.

Sergio comenzó a explicarle una parte del trabajo.

Jose lo escuchaba, aunque de vez en cuando miraba hacia el escritorio del profesor.

Sergio siguió su mirada.

—¿Qué estás mirando?

—Nada.

—Estás mirando el escritorio.

—Estoy mirando el escritorio.

—Eso es exactamente lo que dije.

Jose soltó una carcajada.

—Tranquilo. No estoy planeando nada.

Sergio lo observó.

—Espero que sea verdad.

Jose sonrió.

—Puedes confiar en mí.

Y Sergio, que era noble y confiaba en sus amigos, le creyó.

Todavía.


Al terminar la jornada, Jose salió del salón junto con los demás.

Andrea caminaba adelante conversando con Víctor.

Michel iba detrás revisando algo en su cuaderno.

Sebas hablaba sobre el próximo partido de fútbol.

Sergio caminaba junto a Jose.

Todo parecía normal.

Pero Jose ya no estaba pensando en la pequeña broma del papel.

Ahora estaba pensando en algo diferente.

Algo un poco más arriesgado.

Y, aunque todavía no sabía exactamente cómo hacerlo, había comenzado a comprender que para vengarse de alguien no necesitaba enfrentarlo directamente.

Podía conseguir que las cosas sucedieran sin que nadie supiera que él estaba detrás.

Jose sonrió.

Esta vez no dijo nada.

Todavía no.

Porque las ideas más peligrosas no siempre empiezan con una gran maldad.

A veces comienzan con una pequeña justificación:

“No estoy haciendo nada malo.”

Capítulo 3: Una ayuda que no parecía mala

Al día siguiente, Jose llegó al colegio decidido a no meterse en problemas.

O eso pensaba.

Durante la primera clase estuvo atento. Incluso respondió correctamente varias preguntas y ayudó a Víctor con una operación que no entendía.

—¿Ves? —le dijo Jose—. No todo lo que te digo es mentira.

Víctor lo miró con desconfianza.

—Después de lo de las siete gallinas, no sé.

—¡Eso fue una equivocación histórica!

—Fue una equivocación matemática.

—También.

Andrea se rio.

—Mejor no vuelvas a preguntarle a Jose cuántas gallinas hay.

—Ni cuántos perros —añadió Michel.

—Ni cuántos profesores —dijo Víctor.

Jose levantó las manos.

—Está bien, está bien. Ya entendí.

El ambiente era tranquilo.

Sin embargo, Jose había vuelto a fijarse en algo.

El profesor Guapofortachón había llevado unas hojas nuevas para la actividad que realizarían durante la semana.

Las colocó sobre su escritorio y comenzó a explicar.

—Estas hojas contienen las instrucciones del trabajo. Cada grupo tendrá una actividad diferente.

Los estudiantes comenzaron a escuchar.

Jose también.

Pero mientras el profesor hablaba, Jose pensó en algo que había ocurrido el día anterior.

Había descubierto que podía acercarse al escritorio sin que nadie sospechara.

Y ahora se preguntaba qué podría hacer si tuviera una razón que pareciera más importante.


Durante el recreo, Jose se quedó sentado con Sergio.

Los demás habían ido a jugar.

Sergio sacó su merienda.

—¿Quieres?

—Sí.

Sergio le dio un pedazo.

Jose permaneció callado durante unos segundos.

—Sergio.

—¿Qué?

—¿Tú crees que el profesor fue justo conmigo el otro día?

Sergio dejó de comer.

—¿Por lo de Víctor?

—Sí.

—Pues... un poco sí y un poco no.

Jose lo miró.

—¿Cómo así?

—Tú sí le dijiste que eran siete.

—Pero era una broma.

—Ya sé.

—Entonces no fue para tanto.

Sergio pensó unos segundos.

—Pero también es verdad que el profesor te llama la atención bastante.

Jose sonrió.

—¿Viste?

—Sí.

—Entonces tengo razón.

—No dije eso.

—Pero casi.

Sergio negó con la cabeza.

Jose continuó:

—A veces siento que, haga lo que haga, el profesor piensa que fui yo.

—Tal vez deberías demostrarle que puede confiar en ti.

Jose guardó silencio.

Aquella respuesta no era la que esperaba.

Pero entonces tuvo una idea.

—¿Y si hacemos algo para demostrarlo?

Sergio lo miró.

—¿Qué cosa?

—Nada malo.

Sergio esperó.

—Solo necesito que me ayudes con una cosa.


Después del recreo, Jose esperó hasta que el profesor estuviera ocupado revisando unos cuadernos.

Entonces se acercó a Sergio.

—¿Te acuerdas de las hojas que dejó sobre el escritorio?

—Sí.

—Necesito saber qué actividad nos tocó.

—¿Por qué?

—Porque creo que el profesor se equivocó al repartirlas.

Sergio frunció el ceño.

—¿Cómo sabes?

—Porque escuché cuando estaba hablando con Michel.

Eso no era completamente cierto.

Jose había escuchado solamente una parte de la conversación.

Pero la forma en que lo dijo hizo que pareciera que tenía información suficiente.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Sergio.

—Mira rápidamente la hoja cuando pases cerca del escritorio.

Sergio miró hacia el profesor.

—¿Sin permiso?

—Solo vas a mirar.

—No sé...

Jose bajó la voz.

—Sergio, si realmente nos dieron una actividad equivocada, podemos perder el trabajo por una equivocación del profesor.

Sergio se quedó pensando.

Eso cambió la situación.

Ya no parecía una travesura.

Parecía que estaban tratando de evitar un problema.

—Bueno —dijo finalmente—. Pero solo voy a mirar.

Jose sonrió.

—Eso es todo.


Cuando llegó el momento, Sergio se levantó con su cuaderno.

Pasó cerca del escritorio.

Miró las hojas.

Y regresó a su puesto.

—Nos tocó la actividad tres —susurró.

Jose asintió.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y viste dónde estaban las demás?

—No.

Jose miró hacia el escritorio.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después dijo:

—Bueno.

Sergio volvió a trabajar.

Jose, en cambio, comenzó a pensar.

Había descubierto algo importante.

No necesitaba hacer las cosas él mismo.

Podía conseguir que otra persona hiciera una pequeña parte.

Y si esa persona confiaba en él, ni siquiera tendría que explicar demasiado.

La idea le produjo una satisfacción que intentó ocultar.


Al finalizar la clase, Guapofortachón entregó una indicación adicional.

—Mañana voy a revisar las actividades de cada grupo. Quiero que todos tengan el trabajo adelantado.

Los estudiantes comenzaron a guardar sus cosas.

Jose esperó a que Sergio estuviera cerca.

—Sergio.

—¿Sí?

—Necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Tú recuerdas dónde dejó el profesor las hojas?

—En el escritorio.

—¿Todas?

—Creo que sí.

Jose miró hacia el escritorio.

—Creo que hay una que tiene nuestro nombre.

Sergio se acercó un poco.

—¿Cuál?

—No sé. Por eso necesito que mires.

Sergio suspiró.

—Otra vez.

—Es solo un segundo.

—Jose...

—Confía en mí.

Sergio lo miró.

Aquellas palabras tuvieron efecto.

—Está bien.

Sergio se acercó al escritorio.

Pero esta vez algo salió diferente.

Justo cuando iba a mirar las hojas, el profesor levantó la cabeza.

—¿Sergio?

Sergio se quedó quieto.

—¿Sí, profesor?

—¿Necesitas algo?

Sergio miró a Jose.

Jose permaneció sentado.

—No, profesor. Solo estaba buscando mi cuaderno.

Guapofortachón señaló una mesa.

—Está allá.

—Gracias.

Sergio regresó rápidamente.

Jose se acercó y le habló en voz baja.

—¿Viste?

—Sí.

—¿Qué había?

Sergio dudó.

—No alcancé a mirar bien.

Jose sintió una pequeña molestia.

—Bueno.

—Te dije que no me parecía buena idea.

Jose no respondió.

Por primera vez, Sergio había puesto un límite.

Y Jose tuvo que aceptarlo.

Al menos por ahora.


A la salida, Jose caminó junto a Andrea.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella.

—Nada.

—Estás raro.

—Estoy pensando.

Andrea sonrió.

—Eso ya me preocupa.

Jose se rio.

—No es nada.

—¿Tiene que ver con el profesor?

Jose tardó un poco en responder.

—Tal vez.

Andrea lo miró con seriedad.

—Jose, si estás molesto con él, habla con él.

—¿Y para qué?

—Para arreglar las cosas.

—No siempre funciona.

—Pero es mejor que estar pensando en venganzas.

Jose la miró sorprendido.

—¿Quién te dijo que estoy pensando en venganzas?

Andrea sonrió.

—Nadie. Pero te conozco.

Jose se quedó callado.

Ella había dado en el punto.

—No voy a hacer nada malo —dijo finalmente.

—Eso espero.

Andrea siguió caminando.

Jose se quedó unos segundos atrás.

No le gustaba mentirle a Andrea.

Ella era una de las personas en las que más confiaba.

Pero tampoco quería contarle lo que estaba pensando.


Al día siguiente ocurrió algo inesperado.

El profesor Guapofortachón entró al salón con varias hojas en la mano.

—Muchachos, necesito corregir algo.

Los estudiantes lo miraron.

—Ayer repartí una actividad de manera equivocada a uno de los grupos.

Jose levantó las cejas.

Sergio lo miró inmediatamente.

Jose no pudo evitar una pequeña sonrisa.

Había tenido razón.

El profesor continuó:

—Por eso, para que nadie tenga problemas, vamos a reorganizar las actividades.

Sergio se acercó a Jose durante unos segundos.

—Tenías razón.

Jose sonrió.

—Te lo dije.

—Entonces sí había un error.

—Exactamente.

Sergio pareció sentirse tranquilo.

Pero Jose estaba pensando en otra cosa.

Había conseguido que Sergio creyera en su explicación.

Y lo más importante era que no había tenido que mentir completamente.

El profesor realmente se había equivocado.

Eso hizo que Jose se convenciera todavía más de que su manera de actuar no era tan mala.

“Si estoy tratando de corregir algo injusto, entonces no estoy haciendo nada malo.”

Ese pensamiento comenzó a convertirse en una especie de excusa.

Y las excusas, cuando una persona las repite suficientes veces, pueden terminar pareciendo verdades.


Ese mismo día, durante la última clase, Guapofortachón dejó sobre el escritorio una carpeta con los trabajos que debía revisar.

Jose la observó.

No hizo nada.

Todavía.

Pero mientras todos trabajaban, una pregunta apareció en su cabeza:

¿Qué pasaría si pudiera saber qué iba a revisar el profesor antes que los demás?

Jose miró a Sergio.

Sergio estaba concentrado en su cuaderno.

Después miró a Andrea.

Estaba trabajando con Víctor.

Finalmente miró a Michel.

Michel parecía estar observando todo como siempre.

Jose volvió la mirada hacia la carpeta.

Esta vez no sonrió.

Porque la idea que estaba teniendo ya no era una simple broma.

Era algo diferente.

Algo que podía traer consecuencias mucho mayores.

Y Jose lo sabía.

Pero, en lugar de alejarse de la idea, comenzó a preguntarse cómo podría hacerlo.

El problema ya no era encontrar una excusa.

El problema era encontrar una oportunidad.

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